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Entre una roca y un lugar difícil (127 horas)

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El equivalente gringo a la frase "entre la espada y la pared" es "between a rock and a hard place" y así se llama el libro escrito por Aron Ralston en el que Simon Beaufoy y Danny Boyle se basaron para escribir el guión de esta historia épica, llamada 127 horas.

Durante mi vida profesional he visto varios videos motivacionales con la historia de personas que han sobrepasado algún límite con tal de ir "más allá" dar la milla extra, o demostrar que una meta puede obtenerse, rebasarse y hacer a un lado obstáculos y barreras. Inclusive tuve la oportunidad de acudir a un congreso cuyo cierre fué una conferencia ofrecida por la alpinista mexicana Karla Wheelock, quien conquistó la cima del Everest, muy motivante.

Pero nada paracido a la historia real de Aron Ralston y la manera en que Danny Boyle la cuenta.

Es una anécdota aparentemente simple, Aron sale un sábado a entregarse a su pasión, la bicicleta de montaña, la escalada y exploración en un cañón en Utah; tiene experiencia, va muy bien equipado e inclusive sirve como guía a un par de chicas quienes exploran la misma zona. Contada al estilo y al ritmo de Boyle (pantallas divididas, música, una edición muy dinámica, los colores saturando cada cuadro) la historia incluso parece un largo y alegre comercial de Gatorade.

Hasta ahí todo bien.

Solo y adentrado en el cañón, con un mínimo de agua y comida Aron sufre lo impensable, resbala al fondo del cañón y una roca deja atrapado su brazo derecho.

Nadie lo vió caer, nadie lo escuchó pedir ayuda... nadie sabía a dónde iba a estar Aron desde ese sábado. Nadie.

Y es ahí donde la historia real comienza.

Una videocámara, cuerdas, una pequeña lámpara, muy poca agua, algo de comida, una pinza con accesorios(entre ellos una diminuta navaja) y la certeza casi inmediata de que esa roca no se va a mover de ahí, de que esa roca no dejará su extremidad, de que esa roca lo tiene atrapado al fondo del cañón... y hazle como quieras.

En ese momento las virtudes de la película me pegaron de lleno. Damos todo por hecho, la vida, el trabajo, la familia, los amigos.

Cotidianamente los problemas nos aquejan desde diferentes ángulos, desde la salud, la economía, el clima laboral. Ustedes lo saben perfecto. Diariamente libramos una pequeña batalla por llegar del principio al final de cada día paso a paso y de la mejor manera posible.

El caso de Aron es amplificado a la milésima potencia por lo complicado de la situación, por lo imposible que resulta mover la roca y por lo rápido que se dió el accidente, en un medio aparentemente dominado y controlado por su propia experiencia.

Tienen que entrar en juego su fuerza de voluntad, el dominio de la mente y de su cuerpo para sortear la adversidad que lo tiene atrapado y que por más intentos que haga no le deja salir, le aprisiona y le condena conforme pasan las horas a perder la razón, y perder la vida.

Separar su cuerpo de la roca sacrificando la mano y al antebrazo es la única solución al problema, pero ¿Como hacerlo?, ¿como juntar el coraje, la determinación, las agallas?.

¿Como luchar contra el dolor, la respuesta del cuerpo ante el trauma físico y emocional?

Pues James Franco nos lo muestra con su actuación en el papel de Aron y Boyle con su dirección en una película que realmente vale la pena ver -aún con la cirugía improvisada y la sensación de ansiedad que esta provoca (¿recuerdan la diminuta navaja?).

127 horas, poco más de 5 días fué el tiempo que Aron estuvo atrapado, viviendo entre pesadillas y alucinaciones, entre recuerdos y dolor físico, entre la sed y la angustia.

Algunos llevamos varios años viviendo en una situación similar, donde la roca que mantiene atrapado nuestro brazo simplemente nos la estamos imaginando porque alguien nos dijo que estaba ahí y que así son las cosas.

A veces desprenderse de algo o alguien, por más difícil que parezca es la solución a muchos de nuestros problemas, y es menos doloroso que cortarse un brazo.

Realmente ver la película me impactó. Véanla, luego me platican.

Marco